Ezequiel Zaidenwerg (Buenos Aires, Argentina – 1981)

Image

Ezequiel Zaidenwerg is an Argentinian poet and translator, born in Buenos Aires in 1981. He has published two collections of poems: Doxa (2008) and La Lírica Está Muerta (2011). He has translated Anne Carson, Ezra Pound, Robert Creeley, W.H. Auden, among others, and his poems have been translated and published in Germany, United States, Mexico and Brazil. Ezequiel Zaidenwerg lives and works in New York. Original poem, followed by English and Portuguese translations.

§

Ezequiel Zaidenwerg es un poeta y traductor argentino (Buenos Aires, 1981). Publicó dos libros de poemas, Doxa (2008) y La Lírica Está Muerta (2011). Tradujo Anne Carson, Ezra Pound, Robert Creeley, W.H. Auden, y ha publicado poemas en Alemania, Estados Unidos y México, Brasil. Ezequiel UZaidenwerg vive en Nuva York. Poema original seguido de las traducciones al inglés y portugués.

§

Ezequiel Zaidenwerg é um poeta e tradutor argentino, nascido em Buenos Aires em 1981. Publicou duas coletâneas de poemas: Doxa (2008) e La Lírica Está Muerta (2011). Traduziu Anne Carson, Ezra Pound, Robert Creeley, W.H. Auden, e teve poemas publicados na Alemanha, Estados Unidos, México e Brasil. Ezequiel Zaidenwerg vive em Nova Iorque. Poema original seguido das traduções para o inglês e português.

:

POEMA/POEM/POEMA

Doxa

Ezequiel Zaidenwerg

Me quedé y me olvidé de que tenía que haberme quedado,
trabajando, quizás. Y abrí los ojos, grande,
hice una carpa con los codos y el encuentro de las manos.
Puse la cara encima. Esa película abrasiva,
el halo capilar que empieza a titilarme entre las palmas, eso
no puede ser mi gloria. No me glorío en nada
que avise cuando va a manifestarse;
o nunca me glorié, o nunca supe en qué gloriarme,
y cómo. Y estos ojos,
la piel de la nariz, el caracol de los oídos,
el breve vaso de agua de la conciencia, eso,
sólo lo puedo ver cuando me miro en el espejo,
o lo ven los demás sin que yo mire,
o me miro en los otros. Y está bien que así sea,
supongo. ¿Adónde está mi roca,
me pregunto, mi fuerza, mi peñasco, entonces?
Tiene que haber alguna cosa en mí que brille más
allá de mí, o vaya a hacerlo alguna vez, o lo haya hecho,
quizás sin darme cuenta yo. Y se me ocurre algo:
cuando era un embrión, cuando me hicieron,
la bola de epitelio que intentaba, ajena a mí,
actuar la simple forma que era yo, miraba toda para afuera,
un tubo dado vuelta, dado vuelta de nuevo,
con el estómago y el hígado indistintos, y los oídos y la boca:
la misma superficie, un guante solo,
única esponja-flor posada sobre el mismo, único, eje,
fisonomía pura en el abigarrado aire del vientre de mamá.
Debía haber un brillo ahí que se perdió cuando la cara ya formada
se tragó todo el resto, cuando por un pudor que no me dieron a elegir
–¿acaso el artificio le reclama al artífice: “¿por qué me hiciste así?”?–
un resto de esa gracia se ocultó en las sucesivas dimensiones desplegadas,
aquel aumento sordo de espesor y de entidad
que me permitiría ver el mundo como un mundo, luego.
Y ahora estoy pensando en esa parte que quedó indigesta,
y hay algo que me arrastra, una corriente subcutánea o algo
menos solemne acaso, al nombre que me dieron
para darme la fuerza. Taparon con un nombre
irreprochablemente israelita una mitad de mí.
¿Qué era lo que querían, que supiera
que si quería ser más parecido a lo que fuera a ser,
iba a tener que ser distinto de eso?
Mi gracia: un trabalenguas perfectamente hebreo.
¿Acaso se trataba de algo así como un Scrabble de la identidad,
pensaban que a su hijo le darían más puntos en la vida
por tantas zetas y esa cu y la doble ve?
Si había alguna cosa en mí que no era idéntica a sí misma,
¿no era mejor, acaso, hacer visibles las costuras?
Si a fin de cuentas la matriz que me engendró
jamás escuchó hablar, de chica, sobre el ghetto,
ni tuvo que saber qué cosa es el exilio en carne propia
hasta que, bueno, se exilió papá.
Si además, fueron ellos los que me criaron,
los de la parte árabe, del Líbano,
católica, o católica a su modo, que borraron de mi nombre.
Ellos también tenían a su hijo en el exilio:
acaso también él estableció su alianza en el desierto,
y lo llevaron como a Elías. Pero pagó la sangre,
porque era de otro pueblo. Y el sarcoma
le recubrió la espalda como un mapa.
¿Querían que yo fuera su Eliseo, que tomara
las dos terceras partes de su gracia?
Hasta les daba, a veces, por llamarme con su mismo apodo.
Fue demasiado para mí, un árabe imposible;
para un judío errado, un circunciso fraudulento,
que consagró su alianza en el quirófano
con el celoso dios de la fimosis
(me acuerdo lo que era, una campana henchida,
un girasol de agua si orinaba).
Fue demasiado para mí. Pensé que era mejor hacer
como con una herida que quisiera suturarse desde adentro
para dejar la cicatriz cubierta y proteger mejor
la piel. Se me rompió de todos modos. Engordé y se me rajó,
como una copa de cristal muy burdo. Se llenó de estrías,
una retícula delgada, discontinua, sobre el plano vertical
de las axilas a las nalgas, mezcla del diseño
de un árbol genealógico desnudo de su fronda
y el mapa del genoma. ¿A qué o a quién
había que culpar, a la genética, a la frágil epidermis de mamá,
o a aquella fuerza primigenia desatada,
esa dispepsia primordial que haría de la indigestión
la principal de mis pasiones? La respuesta
pugnaba por caer en saco ciego, disfrazada de un confiado
escepticismo sin objeto que, después,
demostraría ser una nesciencia temerosa, replegada
sobre su propia falta: ¿la eludía o solamente
la estaba difiriendo? No sabía que sabía. Y elegí aferrarme
a la intuición, un poco frívola y pueril,
de que mi centro geográfico, mi casa, no podían ser
el fuelle alveolar y el abanico delicado del espíritu.
Y ahora, que me quedo y que me olvido, que clavé
mi tienda con los codos y los brazos, y la cara sumergida
entre las palmas, como un cántaro que cae dado vuelta
y que se quiebra, sin saberlo, al lado de la fuente,
estoy cayendo en una edad en la que necesito
un sustituto digno para el alma:
para ponerme en marcha, y recordar
y recordarme. Un sucedáneo digno de un prosélito
forzoso. Y el asiento de mi amor,
la sede de mi juicio, debe ser, por ende,
ese baluarte hepático, la gloria polvorienta
de mis antepasados, los que no volvieron:
el saco ponderal, la piedra hueca,
la copa sucia en la que se mezclaron.

§

Doxa
Ezequiel Zaidenwerg

I stayed and then forgot I must have stayed,
to work, perhaps. And opened my eyes, wide,
and shaped a tent, my elbows and the meeting of my hands.
Rested my face on top. That grating film,
the capillary halo that begins to twinkle in my palms,
that cannot be my glory. I don’t glory
in anything that warns before appearing;
or never gloried, or else never knew what I should glory in,
or how. And so these eyes,
the nose’s skin, the shell that is the ear,
the cup of water of the conscience, that,
I only see it when I see myself in the mirror,
or others see it when I can’t,
or else I see it in the others. I guess it’s fine
this way. Where is my rock,
I wonder, or my force, my boulder, then?
There must be something in me that outshines
me, or will do so, sometime, or has done so,
perhaps without my noticing. And something strikes me:
as an embryo, when they made me,
the ball of epithelium that tried, apart from me,
to act the simple form I was, looked outward,
a tube turned round, turned round again,
stomach and liver indistinct, and ears and mouth:
an equal surface, a single glove,
a lone sponge-flower posed upon the same, the only, axis,
no more than features from within the florid air of mother’s womb.
There must have been some brilliance there, then lost, when my created face
devoured all the rest, when from some prudery they didn’t let me choose
–and does the artifice entreat the artist, “Why did you make me so?”—
a remnant of that grace concealed itself in the spread of next dimensions,
that deaf accrual of thickness and of entity
that would permit me to perceive the world as a world, later.
And now I’m thinking of the part that stayed undigested,
and something pulls, a subcutaneous current or something
perhaps less solemn, at the name they gave me
to give me strength. With one impeccably Israelite name
they covered half of me.
What was it that they wanted me to learn:
that if I wanted to resemble what I would become,
I must be different from it in the end?
My name: a tongue twister, superbly Hebrew.
Perhaps it had to do with something like a Scrabble game of self,
and that they thought their son would win more points in life
for all those z’s, that q, the w?
If there were something in me not a likeness of itself,
was it not better, maybe, for the stitches to be visible?
If, in the end, my mother,
was never told, during her childhood, about the ghetto,
nor had to know what exile meant in her own flesh
until my father, well, exiled himself.
If, also, it was they who raised me,
the Arab side, from Lebanon,
Catholics, or Catholic in their way, erased from my name.
They, also, had their son in exile:
Perhaps, also, he formed his covenant in the desert;
he, like Elijah, was taken away. But then he paid for blood,
because he came from elsewhere. The sarcoma
covered his back as if it were a map.
Did they want me to be their own Elisha,
who would inherit two-thirds of his powers?
They even called me by his nickname, sometimes.
It was too much for me, impossible Arab that I was;
for a mistaken Jew, and fraudulently circumcised,
who, in the operating room, established
an affinity with the jealous god of phimosis
(I still remember what it was, a swollen bell,
a sunflower made of water if I peed.)
It was too much for me. I thought it would be better
to make as if I had some wound that would be stitched up
from the inside, to cover up the scar and so protect
the skin. It split anyway. And I fattened up and cracked
like a cheap crystal glass. I filled with stretch marks,
a slender grid, irregular, across the surface
from ass to armpits, a composite
of a sketched family tree stripped bare of leaves
and the genomic map. So whom or what
was there to blame—genetics, or the fragile epidermis of my mother,
or that unraveled primeval
force, that primordial dyspepsia that would make indigestion
my greatest passion? And the answer
was nowhere to be found, disguised as an ingenuous
objectless skepticism that, eventually,
would prove itself to be a fearful crassness,
retracted over its own lacking: was I avoiding
or deferring it? I didn’t know I knew. I chose to cling
to the presentiment, a little frivolous and puerile,
that my own home, my geographic center, could not have been
the alveolar pump, the gentle fan of the spirit.
And now, now that I stay and I forget, and have pitched
my tent with arms and elbows, and my face submerged
between my palms, a jug that falls, turned round,
and breaks, unknowingly, beside a fountain,
I’m falling toward an age in which I need
a decent stand-in for the soul:
to set myself in motion, to remember,
and remember myself. A worthy substitute
for a forced proselyte. And so the seat of my love,
the office of my judgment—it should be, therefore, that
hepatic bastion, and the dusty glory
of my own ancestors, the ones who didn’t come back:
the weighty sack, the hollow rock,
the dirty glass in which they mixed themselves.

(translated by Robin Myers)

§

Dóxa
Ezequiel Zaidenwerg

Fiquei e me esqueci de que teria que haver ficado,
trabalhando, talvez. E abri os olhos, muito,
fiz uma barraca com os cotovelos e o encontro das mãos.
Pus a cara em cima. Esta película abrasiva,
minha auréola capilar que começa a tremeluzir
entre as palmas, isso
não pode ser minha glória. Não me vanglorio em nada
que avise quando vai manifestar-se;
ou jamais me vangloriei, ou jamais soube com que me vangloriar,
e como. E estes olhos,
a pele do nariz, o caracol dos ouvidos,
o breve copo de água da consciência, isso,
só posso ver quando me olho ao espelho,
ou o veem os outros sem que eu perceba,
ou me percebo nos demais. E está certo que assim seja,
suponho. Onde, então, está minha rocha,
me pergunto, minha força, meu penhasco?
Tem que haver algo em mim que brilhe mais
para além de mim, ou vá brilhar alguma vez, ou
já o tenha, talvez sem me dar conta. E algo me ocorre:
quando era um embrião, quando me fizeram,
a esfera de epitélio que tentava, alheia a mim,
moldar a simples forma que era eu, olhava para fora,
tubo enrolado, e novamente enrolado,
com o estômago e o fígado indistintos, e os ouvidos e a boca:
a mesma superfície, uma só luva,
única flor-esponja pousada sobre o mesmo e único eixo,
fisionomia pura no ar bagunçado do ventre de mamãe.
Devia haver um brilho ali que se perdeu quando a cara já formada
engoliu todo o resto, quando por um pudor que não me foi dado escolher,
– por acaso a criatura protesta ao criador: “por que me fizeste assim?”? –
um resto desta graça ocultou-se nas sucessivas dimensões desdobradas,
aquele aumento surdo de espessura e entidade
que me permitiria ver o mundo como um mundo, em breve.
E agora estou pensando nesta parte que ficou indigesta,
e há algo que me arrasta, uma corrente subcutânea ou algo
quiçá menos solene, ao nome que me deram
para me dar força. Tamparam com um nome
irrepreensivelmente israelita uma metade minha.
O que era que queriam, que eu soubesse
que se quisesse assemelhar-me ao que viria a ser,
teria que ser diferente disso?
Minha graça: um trava-línguas perfeitamente hebreu.
Acaso tratava-se de algo assim como um Scrabble da identidade,
pensavam que dariam mais créditos na vida a seu filho
por tanto z e este q e o w?
Se havia alguma coisa em mim que não era idêntico a si mesmo,
não era melhor, talvez, deixar visíveis as costuras?
Se no fim das contas a matriz que me gerou
jamais ouviu falar quando criança sobre o gueto,
nem teve que saber na própria pele o que é o exílio,
até que, bem, meu pai se exilou
Se além disso foram eles que me criaram,
os da parte árabe, do Líbano, católica, ou católica a seu modo,
que apagaram do meu nome.
Eles também tinham filho no exílio:
talvez ele também estabelecera sua aliança no deserto,
e o carregaram como a Elias. Mas pagou o sangue,
porque era de outro povo. E o sarcoma
cobriu suas costas como um mapa.
Queriam que eu fosse seu Eliseu, que tomasse
os dois terços de seu dom?
Acontecia até que me chamassem por seu apelido, às vezes.
Era demais para mim, um árabe impossível;
para um judeu falso, um circuncizado fraudulento,
que consagrou sua aliança no quirófano
com o deus ciumento da fimose,
(lembro-me como era, um sino túrgido,
um girassol de água ao urinar).
Era demais para mim. Pensei que seria melhor fazer
como uma ferida que quisesse suturar-se por dentro
para deixar a cicatriz coberta e proteger melhor
a pele. Abriu-se de qualquer maneira. Engordei e rachou,
como uma taça de cristal barato. Encheu-se de estrias,
uma retícula fina, fragmentária, sobre o plano vertical
das axilas até os glúteos, mistura do desenho
de uma árvore genealógica desprovida de sua fronde
e o mapa do genoma. A que ou a quem
haveria de culpar, à genética, à frágil epiderme de mamãe,
ou àquela força primígena desencadeada,
esta dispepsia primordial que faria da indigestão
a principal de minhas paixões? A resposta
lutando por cair num apêndice sem saída, disfarçada de um crédulo
ceticismo sem objeto que, mais tarde,
demonstraria ser uma nescidade temerosa, redobrada
sobre sua própria falta: dela esquivava-me ou apenas
a adiava? Não sabia que sabia. E escolhi aferrar-me
à intuição, um pouco frívola e pueril,
de que meu centro geográfico, minha casa, não podiam ser
o fole alveolar e o leque delicado do espírito.
E agora, que fico e que me esqueço, que finquei
minha barraca com os cotovelos e os braços, e a cara submergida
entre as palmas, como um cântaro que cai virado
e se quebra, sem saber, ao lado da fonte,
estou caindo numa idade em que preciso
de um substituto digno para a alma:
para colocar-me em movimento, e lembrar
e lembrar-me. Um sucedâneo digno de um sectário
forçado. E o assento do meu amor,
o capitólio do meu juízo, deve ser, destarte,
este baluarte hepático, a glória empoeirada
dos meus antepassados, os que não voltaram:
o saco ponderal, a pedra oca,
o copo sujo em que se misturaram.

(tradução de Ricardo Domeneck)

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: